
Lectura: ««Si ustedes permanecen en mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos».» (Juan 8:31)
La Reforma protestante de 1517 comenzó de forma tanto despretenciosa, con una discusión puntual sobre los abusos en la venta de indulgencias, pero acabó alcanzando proporciones enormes. Es imposible hablar de la historia de la Iglesia o de Occidente sin considerar la Reforma. Sin embargo, uno aún puede preguntarse: ¿valió la pena?
No debemos buscar el valor de la Reforma en figuras importantes de aquel tiempo. No es por la inteligencia ni la piedad de los reformadores que la Reforma valió la pena. No es por la belleza del canto congregacional. No es por el impacto en la educación. No es por algo bueno que haya surgido en el proceso, sino por lo principal: la Palabra de Cristo necesita ser escuchada, porque solo entonces somos verdaderamente discípulos de Cristo y vemos la libertad que Él nos conquistó. Como dijo Jesús, «Si ustedes permanecen en mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos» (Juan 8:31).
Fue esta Palabra la que abrió los ojos de tantos hombres y mujeres en el siglo XVI. Es esta Palabra la que debe seguir siendo escuchada, para que, en el siglo XXI, permanezcamos libres de las manipulaciones religiosas de nuestro tiempo.
La Reforma valió la pena, porque la verdad de la misericordia de Dios revelada en la cruz está claramente predicada y nos libera del pecado y de las invenciones humanas. Por tanto, que caigan las prisiones humanas. Y que permanezca la verdad de la libertad que hay en Cristo.
Oremos: Dios eterno, te damos gracias por la luz de la verdad que, sin obstáculos, ilumina nuestro camino, para vivir la libertad que Cristo nos da. Por sí mismo. Amén.
Autor: Cesar Motta Rios
