
Lectura: «Es a ti, hijo de hombre, a quien yo he puesto como atalaya para el pueblo de Israel. Tú oirás de mí mismo la advertencia, y les advertirás para que se prevengan.» (Ezequiel 33:7)
Hoy tenemos cámaras en casi todos los sitios a los que vamos. A menudo sirven como prueba en diferentes situaciones.
Aun así, vemos en las prisiones altas torres de vigilancia, que garantizan el alcance visual de todo lo que ocurre.
Dios eligió a Ezequiel como «vigilante» de Israel: «Es a ti, hijo de hombre, a quien yo he puesto como atalaya para el pueblo de Israel. Tú oirás de mí mismo la advertencia, y les advertirás para que se prevengan.» (Ezequiel 33:7). Este papel, similar al de una cámara de seguridad o una alerta sonoro, era de extrema responsabilidad: se suponía que advertía a la gente sobre el peligro del pecado y llamaba a todos a volverse hacia Dios. Si cumplía su misión y el pueblo no escuchaba, la culpa no sería de ellos; pero si fracasaba, tendría que rendir cuentas ante Dios.
A lo largo de la historia, Dios ha elegido vigilantes para entregar sus mensajes, llamando a la gente de vuelta a sí mismo. En la mayor demostración de cuidado, envió a Jesucristo, el supremo «vigilante», que dio su vida para salvarnos. Jesús no solo advierte sobre el pecado, sino que ofrece perdón y vida eterna por su gracia. Como Ezequiel, estamos invitados a compartir este mensaje de esperanza.
Oremos: Señor, tu cuidado por nosotros revela tu gran amor. Ayúdanos a demostrar ese amor a los demás como vigilantes en nuestra sociedad. Gracias por llamarnos de nuevo a Ti a través de Jesús, nuestro Salvador. Por Jesús. Amén.
Autor: Adalmir Wachholz
