
Lectura: «Dichoso aquél cuyo pecado es perdonado, y cuya maldad queda absuelta.» (Salmo 32:1)
Imagina la siguiente situación: debes una gran cantidad de dinero a un amigo. A pesar de todos sus esfuerzos por saldar la deuda, el día de la liquidación dice: «No te preocupes, alguien ya ha pagado todo por ti.» Sin duda, una alegría incontrolable invadirá tu corazón.
Si recibir el perdón de una deuda financiera ya trae felicidad, ¿qué pasa con el perdón de la mayor deuda que llevamos: el pecado? Fue precisamente esta experiencia la que llevó al salmista a declarar: «Dichoso aquél cuyo pecado es perdonado, y cuya maldad queda absuelta.» (Salmo 32:1).
Sin embargo, el autor del Salmo 32 se resistió a reconocer sus pecados. Había cometido adulterio con la esposa de Urías (2 Sam 11) y, con el corazón endurecido, intentó ocultar su error a Dios. Con eso, sus huesos envejecieron de tanto gemir todo el día. La mano de Dios pesaba sobre él día y noche.
El resultado fue una conciencia culpable y angustia que erosionaron su vigor, como tierra seca sin agua. Solo cuando confesó todo al Señor encontró paz y alegría. La intranquilidad desapareció y todo cambió en su vida. Vino la alegría y la certeza del perdón de Dios.
A partir de esta experiencia, el salmista anima a todos a buscar el perdón en Dios. Nos recuerda que solo en el Señor hay la verdadera alegría, y esto se hace aún más claro en Cristo. A través de su obra, Jesús nos trae reconciliación con Dios y el verdadero perdón.
Oremos: Dios bondadoso, ayúdanos a perdonar a nuestro prójimo como nos perdonaste a nosotros y trajiste alegría a nuestras vidas. Fortalece nuestra fe y gratitud en Cristo Jesús, nuestro Salvador. Amén.
Autor: Adalmir Wachholz
