
Lectura: «Es necesario que él crezca, y que yo decrezca.» (Juan 3:30)
Cada día, la gente se hace conocida o «famosa», atrayendo el protagonismo de los medios y la sociedad: algunos se hacen famosos participando en programas de televisión; otros, por destacarse en el mundo de las artes; o, incluso, por producir contenido con sus ideas o rutinas diarias. En fin, parece que la búsqueda de la fama es algo que atrae a la gente, despertando interés y curiosidad.
Jesús, cuando vino al mundo, no buscó fama ni reconocimiento. Su propósito era cumplir el plan de redención para que pudiéramos tener la salvación eterna. De hecho, las acciones de Jesús le valieron fama, como se puede ver en los relatos evangélicos. En un momento dado, esta notoriedad provocó discusión entre los discípulos de Juan el Bautista, quienes le dijeron: ««Rabí, resulta que el que estaba contigo al otro lado del Jordán, y de quien tú diste testimonio, bautiza, y todos acuden a él.»» (Juan 3:26).
La creciente fama de Jesús generó una aparente preocupación entre los discípulos de Juan Bautista, pero él les tranquilizó diciendo: «Así que esta alegría mía ya se ha cumplido. Es necesario que él crezca, y que yo decrezca.» (Juan 3:29-30).
En un mundo que valora la fama y ser el centro de atención, se nos recuerda que no debemos olvidar poner a Cristo en el centro de todo. Él, incluso ante la posibilidad de fama entre los seres humanos, no utilizó su misión para su propio beneficio. Al contrario, Jesús entregó su vida, yendo hasta la muerte de cruz, para que tengamos la salvación eterna.
Oremos: Jesús, que tu importancia crezca en este mundo y en mi vida. En tu nombre. Amén.
Autor: Renato Luiz Hannisch
