
Lectura: «La verdad es la esencia de tu palabra, y tus juicios son siempre justos.» (Salmo 119:160)
Mucha gente dice que, en el pasado, la palabra de alguien tenía más valor que hoy. Actualmente, la desconfianza lleva a la necesidad de documentos y contratos para validar promesas e intenciones. Esta falta de credibilidad suele provenir de experiencias vividas o situaciones compartidas en las que se han roto promesas o no se han cumplido compromisos.
Las palabras humanas, por bien intencionadas que sean, son débiles y propensas al pecado. El apóstol Pablo mismo reconoció esta realidad cuando dijo: «Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero.» (Romanos 7:19).
Sin embargo, el salmista nos invita a mirar a Dios y a su Palabra, declarando: «La verdad es la esencia de tu palabra, y tus juicios son siempre justos.» (Salmo 119:160). A diferencia de las experiencias de baja credibilidad que se ven en las palabras humanas, la Palabra de Dios es verdadera, justa y eterna.
La mayor prueba de esta fidelidad es Jesucristo, el Verbo que se hizo ser humano (Juan 1:14). En él, todas las promesas de Dios se cumplen, pues vino al mundo para traernos perdón, salvación y vida eterna. Afortunadamente, tenemos una palabra que nunca puede compararse con la palabra de los seres humanos: la Palabra del Señor, que es verdadera, genera vida y es eterna.
Oremos: Señor Dios, que tu Palabra, que es viva y verdadera, nos mantenga firmes en tu amor y en tus promesas de perdón y salvación eterna. Planta en nuestros corazones la verdad de tu Palabra. En el nombre de Jesús. Amén.
Autor: Renato Luiz Hannisch
