
Lectura: «¡Defiéndeme, y ponme a salvo! ¡Dame vida con tu palabra!» (Salmo 119:154)
Hay ocasiones en las que necesitamos un abogado, ya sea como exige la ley o por motivos de seguridad ante una situación difícil, como en casos complejos o en aquellos que implican altos valores económicos. A menudo, buscamos ayuda legal incluso en las situaciones más sencillas en las que nos sentimos desprotegidos, amenazados o víctima de la injusticia.
En el Salmo 119, vemos al salmista clamando al Señor para que mire su situación y venga a defenderlo. En el Salmo leemos: «Mira mi aflicción, y ven a salvarme, pues no me he olvidado de tu ley. ¡Defiéndeme, y ponme a salvo! ¡Dame vida con tu palabra!» (Salmo 119:153-154).
Saber que podemos contar con alguien para defendernos aporta seguridad. Sin embargo, poner nuestros casos en manos de Dios tiene una importancia aún mayor, pues Él nos ofrece la mejor defensa. En Cristo, Dios nos libra del problema más serio que enfrentamos: la comunión eterna. El apóstol Juan nos recuerda esto: «Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Si alguno ha pecado, tenemos un abogado ante el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.» (1 Juan 2:1-2).
Por muy compleja que sea tu causa, ponla en manos del Señor, el Gran Defensor. Para el Señor, no hay causa que no pueda resolverse.
Oremos: Señor Jesús, en tus manos confío toda mi vida. Perdona mis pecados y dame paz en mi corazón. Siempre quédate conmigo y sé mi defensor. Amén.
Autor: Renato Luiz Hannisch
