
Lectura: «Pero lo cierto es que Dios me escuchó y atendió a la voz de mi súplica.» (Salmo 66:19)
En medio de las tormentas de la vida, a menudo tenemos la impresión de que Dios no nos escucha. Le pedimos que nos libere del sufrimiento, pero los accidentes y tragedias siguen ocurriendo. Pedimos curas, sin embargo, la enfermedad domina nuestro cuerpo. Pedimos más dinero y sentimos que nos costaba incluso mantener nuestros trabajos. Pedimos felicidad, y la lucha contra la angustia y la tristeza parece estar lejos de terminar.
En el Salmo 66, leemos al autor reconociendo: » Pero lo cierto es que Dios me escuchó y atendió a la voz de mi súplica » (Salmo 66:19). Sin embargo, al leer todo el salmo, se ve que el pueblo de Israel enfrentó sufrimiento y días difíciles en su camino. ¡Dios permitió que el pueblo fuera «pisoteado» por enemigos!
Los días duros, las cargas pesadas que nos doblan la espalda, nos hacen reflexionar sobre lo frágiles y débiles que somos, cuánto se nos escapa la vida y cómo necesitamos una nueva. Al enviar a Jesús para que asuma nuestro sufrimiento y castigo por nuestros pecados, Dios hace más que responder a nuestras oraciones. Cumple su promesa de amor, su plan de traernos de vuelta a él, de salvarnos.
No, Dios no ha dejado de escucharnos cuando sufrimos. Dios está con nosotros en nuestro sufrimiento, escuchando nuestro lamento y alzando nuestra mirada hacia Él y hacia la vida que ofrece a través de Jesús. El sufrimiento no aleja a Dios de nosotros: «¡Bendito sea Dios, que no rechazó mi oración ni me escatimó su misericordia!» (Salmo 66:20). Algún día, todo sufrimiento terminará. Hasta entonces, alabamos a Dios por su amor y por escucharnos, en días buenos o en los malos.
Oremos: Señor Dios, en los días felices y en los días de dolor, recuérdame que tu amor perdura para siempre. En el nombre de Jesús. Amén.
Autor: Fernando Henrique Huf
