
Lectura: «Así también mi palabra, cuando sale de mi boca, no vuelve a mí vacía, sino que hace todo lo que yo quiero, y tiene éxito en todo aquello para lo cual la envié.» (Isaías 55:11)
Desde pequeños aprendemos a actuar esperando una recompensa. El bebé llora y recibe atención. El niño que se comporta bien tiene la oportunidad de jugar. En la vida adulta, la dedicación laboral trae recompensas.
La meritocracia es un buen parámetro para recompensar a quienes se esfuerzan por lograr algo. Sin embargo, hay dos dificultades que pueden afectar a las personas: primero, vivir solo buscando beneficios personales sin preocuparse por los demás; segundo, hacer algo buscando retorno en esta vida y en este mundo puede ser frustrante. Esto se debe a que no es raro que alguien haga un esfuerzo, pero no reciba lo que esperaba.
Sin embargo, la Palabra de Dios nunca falla. El profeta Isaías dice: «Así también mi palabra, cuando sale de mi boca, no vuelve a mí vacía, sino que hace todo lo que yo quiero, y tiene éxito en todo aquello para lo cual la envié.» (Isaías 55:11). Esto significa que el retorno de la Palabra está garantizado y no depende de nuestras acciones o méritos.
En un mundo que se opone al evangelio, dedicarse a la Palabra de Dios puede ser un gran desafío. Sin embargo, el retorno que viene del Señor es seguro, pues promete que su Palabra no volverá vacía, sino que hará lo que le agrade. ¿Y qué hace la Palabra que agrada al Padre? Lleva perdón y salvación a todos los que creen en Jesucristo.
La Palabra de Dios nos asegura que no regresa sin cumplir su propósito. Además, Su regreso no se limita a esta vida, sino que se manifiesta plenamente en la eternidad, cuando daremos testimonio de la obra completada del Altísimo en nosotros.
Oremos: Amado Padre celestial, ayúdame a dedicarme más a tu Palabra, sin esperar resultados visibles. En Cristo. Amén.
Autor: Rômulo Santos Souza
