
Lectura: «Después de eso volveré a mi santo lugar, hasta que ellos reconozcan su pecado y busquen mi rostro. Porque en su angustia me buscarán.» (Oseas 5:15)
Es común presenciar momentos en los que alguien hiere a otra persona. Entonces, la persona que causó el daño dice: «Lo siento. ¿Me perdonas?» Y el otro responde: «Está bien, estás perdonado.» Sin embargo, en la primera oportunidad, la ofensa se repite, seguida de otra disculpa. ¿Fue esta petición sincera o solo un simple gesto de palabra?
Algo similar ocurrió con el pueblo de Israel en tiempos del profeta Oseas. Estaban lejos del Señor, adorando dioses de otras naciones, y Dios envió a Oseas para enfrentarse a ellos. Ante las palabras del profeta, el pueblo declaró: «¡Vengan, volvamos nuestros ojos al Señor! Ciertamente él nos arrebató, pero nos sanará; nos hirió, pero vendará nuestras heridas» (Oseas 6:1). Sin embargo, Dios conoció sus corazones y respondió: «¿Qué voy a hacer contigo, Efraín? ¿Y qué voy a hacer contigo, Judá? La piedad de ustedes es como una nube matutina; es como el rocío del amanecer, que pronto se desvanece. » (Oseas 6:4). Su arrepentimiento no vino del corazón.
¿No es esta historia similar a nuestra realidad? Nuestro pecado nos lleva a actitudes superficiales tanto hacia los demás como hacia Dios. Sin embargo, el Señor se mantiene fiel a su promesa: «Después de eso volveré a mi santo lugar, hasta que ellos reconozcan su pecado y busquen mi rostro. Porque en su angustia me buscarán.» (Oseas 5:15).
El Señor nos sigue llamando al arrepentimiento. Quiere darnos el perdón que Jesús ha ganado. No quiere actitudes fingidas, sino que nuestra fe es sincera, confiando con todo nuestro corazón en sus promesas, porque envió a Jesús para que todos crean en él y tengan vida eterna (Juan 3:16).
Oremos: Querido Dios, ayúdame a vivir una nueva vida, porque tu amor fue verdadero al dar la vida de tu Hijo por mí. En el nombre de Jesús. Amén.
Autor: Jossemar Schulz dos Santos
