
Lectura: «Dios mío, ¡hazme justicia! ¡Defiéndeme! ¡Líbrame de gente impía, mentirosa e inicua!» (Salmo 43:1)
«¡Queremos justicia!» El grito por justicia ha acompañado a la humanidad a lo largo de la historia. A menudo nos involucramos o nos encontramos con personas que enfrentan situaciones injustas. A veces tenemos la sensación de que el mal está ganando y que vivimos en un mundo sin justicia.
Este también fue el clamor del autor del Salmo 43, que pidió: «Dios mío, ¡hazme justicia! ¡Defiéndeme! ¡Líbrame de gente impía, mentirosa e inicua!» (Salmo 43:1). El salmista estaba rodeado de personas que no adoraban a Dios y necesitaban ayuda.
En medio del sufrimiento físico y emocional, buscaba a alguien que le defendiera y le declarara justo. ¿Dónde encontrar un juez realmente justo que pueda juzgar su causa? El salmista pide a Dios que le defienda y le declare inocente. Con sabiduría, se vuelve hacia Dios, porque sabe que la justicia divina no falla ni tarda. Aunque no siempre ocurre en el tiempo que queremos, Dios es bondadoso y fiel a su pueblo.
La mayor prueba de esto fue la muerte de Jesús. A los ojos humanos, su condena fue una injusticia y alguien sin pecado fue castigado. Pero esta fue la forma de Dios de declararnos inocentes ante Él. Jesús cargó con nuestra culpa por amor, para que, mediante la fe en él, pudiéramos ser declarados justos ante los ojos de Dios.
Cuando te sientas víctima de la injusticia, recuerda el mayor acto de amor: la entrega de la vida de Jesús por nosotros. Confía tu causa a Dios, porque él es justo y su justicia nunca falla.
Oremos: Querido Dios, ante las injusticias que vemos, recuérdanos tu justicia, que es justa y soberana. Por Jesús. Amén.
Autor: Clóvis Renato Leitzke Blank
