
Lectura: «Tú, Señor, cumplirás en mí tus planes; tu misericordia, Señor, permanece para siempre.» (Salmo 138:8)
El Salmo 138 presenta a un Dios glorioso, pero al mismo tiempo tiende a cuidar a los humildes y a escuchar a los necesitados. El versículo 6 destaca algo extraordinario sobre el carácter divino: «Tú, Señor, estás en las alturas, pero te dignas atender a los humildes; en cambio, te mantienes alejado de los orgullosos.» (Salmo 138:6). A pesar de su grandeza infinita, Dios no está lejos. Se preocupa por quienes reconocen sus debilidades y pecados. Al mismo tiempo, el salmista David nos recuerda que los orgullosos no pueden esconderse de Dios. Ninguna fuerza humana, estatus ni plan escapa a la mirada del Señor.
Este cuidado divino se manifiesta poderosamente en la protección que Dios ofrece: «Cuando me encuentre angustiado, tú me infundirás nueva vida; Me defenderás de la ira de mis enemigos, y con tu diestra me levantarás victorioso.» (Salmo 138:7). ¿Quién nunca se ha sentido rodeado de dificultades, dudas o miedo? En esos momentos, Dios es un escudo seguro. Nos salva por su poder, a través de Jesucristo.
El Salmo termina con una afirmación de total confianza: «Tú, Señor, cumplirás en mí tus planes; tu misericordia, Señor, permanece para siempre. Yo soy creación tuya. ¡No me desampares!» (Salmo 138:8). ¡Qué consuelo saber que el Dios que creó los cielos y la tierra no abandona su obra! Su amor es eterno y su fidelidad es inquebrantable. No nos olvida, ni nos abandona. Por eso, estamos invitados a cargar en él nuestras ansiedades e incertidumbres, confiando en sus promesas. La más grande de todas ya se ha cumplida: Dios envió a su Amado Hijo, Jesucristo, a morir y resucitar por nosotros, garantizándonos la vida eterna.
Oremos: Señor, tu gloria es grande y tu amor es eterno. Gracias por cuidarnos, especialmente en los peligros de la vida. Ayúdanos a mantenernos firmes en la salvación en Jesucristo. Amén.
Autor: Tiago Braga Schneider
