
Lectura: «Pues no tengo dudas de que las aflicciones del tiempo presente en nada se comparan con la gloria venidera que habrá de revelarse en nosotros.» (Romanos 8:18)
Contemplar la gloria de Dios es como estar frente a un inmenso abismo que parece separarnos de él, y cualquier intento de acercarnos depende exclusivamente de la iniciativa divina, porque somos completamente impotentes para alcanzar esa gloria por nosotros mismos.
La grandeza de Dios se revela no solo en su majestad, sino también en su amoroso cuidado. Viene a nuestro encuentro, guiándonos hacia su gloria. Es sobre esa jornada que dice el apóstol Pablo: «Pues no tengo dudas de que las aflicciones del tiempo presente en nada se comparan con la gloria venidera que habrá de revelarse en nosotros.» (Romanos 8:18). Nos recuerda que, incluso en medio de tantas dificultades, Dios está continuamente presente en la vida de sus hijos.
Todos tenemos problemas. La adversidad no nos perdona: puede ser enfermedad, dificultades económicas, conflictos familiares, tensiones en el trabajo y, en el caso de los cristianos romanos a quienes Pablo escribió, incluso persecución por la fe. También ocurren tragedias sobre los hijos de Dios. Sin embargo, en cualquier situación, la presencia del Señor está garantizada.
Llenos de esperanza, los cristianos pueden mirar al futuro con confianza. Esta seguridad no proviene de los méritos propios, sino de la bondad de Dios. La fe en Jesús es nuestra garantía. Con su muerte en la cruz, Jesús reconcilió al pecador con Dios. Y es por la fe, forjada por el Espíritu Santo, que tenemos la convicción de que Dios nos ama y nos da la vida eterna.
Oremos: Dios maravilloso, ayúdame a soportar las aflicciones y a aferrarme siempre a la esperanza de que por Cristo tendré vida eterna en la gloria celestial. En su nombre. Amén.
Autor: Paulo Edmundo Jung
