
Lectura: «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.» (Juan 10:10)
La vida es un regalo precioso de Dios. Sin él, no hay vida. Al principio, todo era perfecto y la vida era eterna. El hombre recibió la vida por el aliento divino de Dios, y la mujer, formada por la costilla de Adán, también recibió este don. En aquel entonces, la vida era muy buena y completa, porque hombre y mujer disfrutaban de la compañía directa de Dios.
Pero todo cambió con la desobediencia de Adán y Eva. No debían comer del fruto de uno de los árboles del jardín, pero lo hicieron. Este pecado causó estragos en la relación entre Dios y su creación. La peor de ellas fué la muerte. El pecado hirió la vida, y la muerte se convirtió en una realidad cruel y amarga. Muchos han enfrentado la muerte; otros aún lamentan las despedidas que provoca.
Sin embargo, Dios está vivo y eterno. Envió a Jesús al mundo con un bendecido propósito: vencer a la muerte y darnos una vida plena. Jesús declaró: «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia. Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas.» (Juan 10:10-11). Aquí, el término «ovejas» simboliza a las personas que Jesús vino a salvar. Cumplió este propósito muriendo por nosotros en la cruz y resucitando al tercer día. Así, por su muerte y resurrección, tenemos la vida verdadera.
En Cristo, la muerte ya no nos causa terror, porque sabemos que, aunque morimos, volveremos a vivir. Por Cristo tenemos una vida completa, que continuará para siempre.
Oremos: Dios mío, perdónanos los pecados que hemos cometido contra ti y contra nuestro prójimo. Gracias por la vida que nos has dado y por el sustento que nos das cada día. Te damos gracias por la vida completa que tenemos en Jesús, que nos perdona y nos garantiza la vida eterna. En su nombre. Amén.
Autor: Iderval Strelhow
