
Lectura: «En cambio, yo estoy lleno del poder del espíritu del Señor; lleno de justicia y de fuerza, para denunciar la rebelión de Jacob y el pecado de Israel.» (Miqueas 3:8)
Cuando vemos algo mal, ¿qué es más fácil de hacer? ¿Ser cómplices del error, fingir que no lo vimos o mostrar lo que está bien? A menudo, lo más cómodo es ignorar, pero no es lo que deberíamos hacer. Situaciones como esta pueden surgir en el trabajo, en la familia, en la iglesia y en nuestras relaciones diarias.
El profeta Miqueas fue llamado por Dios para anunciar un mensaje duro al pueblo de Dios que vive en Judá. Necesitaba denunciar que las autoridades, sacerdotes y profetas actuaban injustamente. Favorecían a quienes les pagaban, mientras despreciaban y maltrataban a otros. Miqueas no se tranquilizó con los errores y transmitió fielmente el mensaje de Dios.
No guardó silencio. Sabía que su valor venía del Señor. Por eso declaró: «En cambio, yo estoy lleno del poder del espíritu del Señor; lleno de justicia y de fuerza, para denunciar la rebelión de Jacob y el pecado de Israel.» (Miqueas 3:8). Defendió a los oprimidos y anunció la destrucción de aquellos líderes que, a pesar de afirmar adorar a Dios, demuestran lo contrario con sus actitudes.
A los que se arrepintieron, Miqueas trajo una buena noticias: la promesa de la venida de un rey, descendiente de David, que vendría a liberarlos. Ese rey fue Jesús, que vino a morir en la cruz en nuestro lugar y a cuidar de todos nosotros. Que tengamos el mismo valor que el profeta para no conformarnos al error. Que sepamos denunciar el error con sabiduría y, sobre todo, proclamar el amor de Jesús a quienes se arrepientan.
Oremos: Oh Dios, dame valor para anunciar tu Palabra, para que todos reconozcan sus errores y confíen en el Salvador Jesús. En su nombre. Amén.
Autor: Clóvis Renato Leitzke Blank
