
Lectura: «Los reyes y los príncipes te verán y se levantarán, y se inclinarán ante el Señor, porque el Santo de Israel, que te ha escogido, es fiel.» (Isaías 49:7)
Muchos esperaban un Mesías poderoso, un guerrero que liberara a Israel de la dominación extranjera. Pero Dios hizo algo sorprendente: envió su escogido. No venía con ejércitos, sino con humildad. Ese escogido es Jesús, que vino a redimir a toda la humanidad del pecado y la muerte.
El profeta Isaías ya anunciaba esta verdad mucho antes del nacimiento de Cristo. Anunció: «Los reyes y los príncipes te verán y se levantarán, y se inclinarán ante el Señor, porque el Santo de Israel, que te ha escogido, es fiel.» (Isaías 49:7). El Escogido del Señor tendría una gran misión: restaurar al pueblo de Dios y llevar la salvación hasta los confines de la tierra.
Esta profecía se cumplió en Jesús. Él, que siempre ha existido en majestad y poder, vino al mundo para salvarnos. Como escogido, Jesús proclamó la voluntad de Dios con palabras poderosas. Pero su misión no se detuvo en predicar. Sufrió por los pecados de la humanidad, convirtiéndose en el sacrificio perfecto, único y definitivo.
Por su humildad y obediencia, el Siervo escogido era despreciado y rechazado, tratado como esclavo por los poderosos. Pero la historia no termina así. ¡El Siervo de Dios también es el Rey de los reyes! En el momento oportuno, su poder será reconocido por todos. «Los reyes y los príncipes te verán y se levantarán, y se inclinarán ante el Señor», (Isaías 49:7).
Esperamos con esperanza su glorioso regreso. El último día, todos se pondrán de pie ante él. Quienes han confiado en Cristo y le han seguido heredarán el reino preparado por el Padre. La fidelidad de Dios garantiza que esta promesa se cumplirá. ¡Cristo es el Siervo del Señor!
Oremos: Señor, te alabamos porque en Cristo nos has servido con perdón, vida y salvación. Guíanos firmes en la fe. Amén.
Autor: Rudi Thoma
