
Lectura: «¡Proclamen su gloria entre las naciones, y sus maravillas entre todos los pueblos!» (Salmo 96:3)
Frente a la enfermedad, el dolor y la incertidumbre pueden conducir fácilmente a la desesperación. El miedo al futuro, la fragilidad corporal y la soledad se convierten en cargas pesadas, convirtiendo cada día en un desafío. En un hospital, una persona afronta momentos difíciles, luchando con el dolor y la ansiedad, sintiéndose vulnerable y a menudo impotente. Luego, durante una visita, alguien se acerca con una mirada acogedora, le ofrece atención genuina, le toma la mano, reza con ella y comparte palabras de esperanza. Este simple gesto ilumina el corazón afligido, aportando consuelo y renovando la confianza en la gracia divina.
El Salmo 96 nos invita: «¡Proclamen su gloria entre las naciones, y sus maravillas entre todos los pueblos!» (Salmo 96:3). Ya sea por bautismo o predicación de la Palabra de Dios, eres llamado a vivir y proclamar la gracia de Dios. Adorar primero, luego proclamar su salvación. La cruz enseña que proclamar la gloria de Dios requiere humildad y amor. Así como Cristo dio su vida, sus seguidores están llamados a reflejar ese sacrificio compartiendo el evangelio.
La gloria de Dios resplandece en Cristo, que nos reconcilia con el Padre y fortalece a su pueblo por medio de la Palabra. Anunciar esta gloria es prepararse para el día en que todos reconozcan a Jesús como Señor. Que esta verdad te impulse a vivir de tal manera que el mundo vea el reflejo del amor y la salvación en Cristo.
Oremos: Señor, fortaléceme para proclamar tu gloria con valor y confianza. Que tus obras brillen en mi vida, trayendo gloria a tu nombre y proclamando tus maravillas a los demás. En el nombre de Jesús. Amén.
Autor: Heder Frederico Pieper Gumz
