
Lectura: «Dios el Señor me ha abierto los oídos, y yo no he sido rebelde ni he intentado huir.» (Isaías 50:5)
El diccionario define «misión» como una tarea, una incumbencia, un propósito, una función específica que se le asigna a alguien para lograr algo. Es un compromiso, un deber, una obligación.
Probablemente hayas visto una película o leído un libro en el que un equipo o un héroe necesita completar una misión. Normalmente, la tarea implica grandes dificultades y desafíos casi insuperables, que deben superarse para alcanzar el objetivo.
El texto de Isaías 50 habla del sufrimiento y la fidelidad del siervo de Dios. Ese siervo es Jesucristo. El texto dice: «Dios el Señor me ha abierto los oídos, y yo no he sido rebelde ni he intentado huir.» (Isaías 50:5). Su misión era venir al mundo, nacer como ser humano, sufrir en lugar de la humanidad y salvar a todos a través de su muerte en la cruz. Y más: tendría que ser perfecto en todo, sin pecado. A pesar del sufrimiento, cumplió su misión con fidelidad.
La misión de Jesús tenía un propósito específico: salvar a la humanidad de sus pecados. Siendo perfecto, asumió la culpa de toda la humanidad. El castigo que deberíamos sufrir, él ya lo ha sufrido. Esto es lo que recordamos en este periodo que antecede a la Pascua: la brutal humillación y sufrimiento infligidos a Jesús fue por nuestra causa y en nuestro lugar.
Por lo tanto, la misión de Jesús al venir a este mundo fue cumplir fielmente los planes de Dios. En otras palabras, era para salvarte a ti y a mí.
Oremos: Dios mío, te doy gracias porque tu Hijo, Jesucristo, ha cumplido en mi lugar todo lo que debía hacer. Gracias por la salvación. En el nombre de Jesús. Amén.
Autor: Orlando Mário Konrad
