
Lectura: «Entonces, ¿qué diremos? ¿Seguiremos pecando, para que la gracia abunde? ¡De ninguna manera! Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él?.» (Romanos 6:1-2)
Romanos 6 enseña que cuando somos bautizados, estamos unidos a Jesús en su muerte, y por lo tanto «los que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él?.» (Romanos 6:2). Esto significa que nuestra antigua vida, dominada por el pecado, fue crucificada con él. El bautismo no es solo un símbolo exterior, sino una participación real en lo que Jesús ha logrado, llevándonos a un rompimiento con el pecado y la condenación eterna.
Así como Jesús resucitó, nosotros también resucitamos para vivir una nueva vida, controlada por la gracia de Dios y libre del dominio del pecado. El pecado sigue siendo una realidad, pero ya no es el dueño de nuestras vidas.
La gracia del Padre, que nos es dada en el bautismo, nos da la fuerza para vivir tanto como sea posible según la voluntad de Dios. Esa misma gracia nos lleva de vuelta al perdón de Jesús cuando pecamos y nos arrepentimos.
Sin embargo, la vida en Jesús implica vivir de una manera coherente con nuestra nueva naturaleza, rechazando las prácticas que nos esclavizaban. El cristiano ahora vive con la certeza de que su muerte para el pecado ha sido consumada y que su vida para Dios es una realidad. Esta nueva realidad se sostiene con la muerte y resurrección de Jesús y necesita ser alimentada por la Palabra de Dios y el recuerdo de nuestro bautismo. En tiempos de tentación, recordar el bautismo nos recordará de quién somos hijos.
Por lo tanto, la nueva vida es una realidad. Día tras día, se nos desafía a revestirnos de esta nueva identidad en Jesús, permitiendo que la gracia de Dios nos moldee y guíe hasta la venida de Jesús, cuando el pecado dejará de existir.
Oremos: Señor, gracias por el bautismo. Que recuerde cada día de tu gracia en mi vida. En el nombre de Jesús. Amén.
Autor: Paulo Roberto Teixeira
