
Lectura: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.» (Mateo 5:4)
Es reconfortante saber que quienes lloran pueden encontrar consuelo y esperanza de continuar. El texto bíblico nos asegura: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.» (Mateo 5:4). Este consuelo viene de un Dios que siente en su corazón los dolores y miserias que experimentan cada uno de sus hijos. No es un Dios lejano, sino un Dios cercano, amoroso y compasivo que se preocupa por nosotros.
El mayor consuelo que Dios ofrece es Jesucristo mismo. Vino al mundo para traer el perdón de los pecados, la salvación y la vida eterna – el mayor de todos los consuelos. En Jesús encontramos coraje, fuerza y el hombro amigable que acoge y sostiene. Es quien escucha con atención y se preocupa por cada detalle de nuestra vida. Además, Dios actúa a través de personas a quienes despierta para que sean instrumentos de su consuelo. ¿Cuántas veces nos ayuda alguien que aparece justo en el momento en que más lo necesitamos? ¿Casualidad? No. Es el toque suave del amor de Dios, lo que sana, repara y fortalece.
En este sentido, la iglesia de Jesús desempeña un papel esencial. Es un lugar de sanación y consuelo, donde podemos experimentar el amor de Dios de forma tangible, fortaleciéndonos para avanzar, más firmes y seguros. Llorar forma parte de la experiencia humana, nos humaniza y nos recuerda cuánto necesitamos de Dios y unos a otros. ¡Qué bendición es saber que en Cristo Jesús hay un consuelo verdadero y reparador!
Oremos: Queridos Dios y Padre, gracias por vuestro consuelo amoroso, que me sostiene y fortalece. Como es bueno saber que Jesús siempre está conmigo, trayendo ánimo y esperanza. Ayúdame a buscar siempre consuelo en ti. Amén.
Autor: Eltton Zielke
