
Lectura: «Así como los hijos eran de carne y hueso, también él era de carne y hueso, para que por medio de la muerte destruyera al que tenía el dominio sobre la muerte, es decir, al diablo.» (Hebreos 2:14)
Cuando piensas en la liberación o la salvación, es fácil imaginar una película en la que aparece un héroe fuerte y valiente, se enfrenta a todo con gran fuerza y rescata a quienes están en peligro.
En la vida real, los seres humanos están en peligro constante y, solos, nunca podrán salvarse a sí mismos. Desde el principio, como relata el libro del Génesis, la humanidad fue corrompida y perdida. David reconoció esta condición cuando declaró: «¡Mírame! ¡Yo fui formado en la maldad! ¡Mi madre me concibió en pecado!» (Salmo 51:5). El apóstol Pablo también describió esta lucha interna: «No entiendo qué me pasa, pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco. De modo que no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que habita en mí.» (Romanos 7:15, 17).
Pero Dios ama a su creación. Podría haber eliminado a Adán y Eva y empezar de nuevo, pero por su misericordia decidió salvar a su creación. Aún en el Edén, reveló un plan: un descendiente de Eva que liberaría a todos (Gén. 3:15).
Dios podría haber enviado a un ángel o a alguien con superpoderes, pero eso no sería lo suficiente. El Salvador necesitaba ser como nosotros, en carne y hueso, sintiendo y sufriendo como nosotros. Por eso envió a su amado Hijo: «Así como los hijos eran de carne y hueso, también él era de carne y hueso, para que por medio de la muerte destruyera al que tenía el dominio sobre la muerte, es decir, al diablo.» (Hebreos 2:14). Fue tentado, humillado y, siendo inocente, murió en la cruz. Pero resucitó victorioso, venciendo la muerte y derrotando al Diablo.
En el sufrimiento y la obra de Jesús, que sin pecar y sin usar su poder, pagó nuestra deuda y nos purificó de los pecados, encontramos la salvación. ¡Él es nuestro Salvador!
Oremos: Señor, gracias por tu gran amor, por enviar a tu Hijo a enfrentarse a este mundo malvado y salvarme del pecado. Amén.
Autor: Erivelton Kiefer Butzke
