
Lectura: «Haré de su desierto un paraíso, de su soledad un huerto mío, y en ella habrá gozo y alegría; alabanzas y voces de canto.» (Isaías 51:3)
¡Qué bonito es contemplar un jardín florido! Las variadas especies de plantas y flores no solo embellecen el entorno, sino que también aportan frescura, aroma y alegría, un regalo tanto para quienes cultivan como para quienes aprecian las maravillas de la creación. Isaías nos recuerda que, si estamos unidos por el amor de Dios, seremos como un hermoso jardín.
En el Antiguo Testamento, el pueblo de Dios enfrentó tiempos de sufrimiento, cautivo en Babilonia. Isaías anunció que esta dura realidad sería transformada por la poderosa mano del Señor, transformando el periodo de amargura en un tiempo de alegría y renovación. Él afirma: «Yo, el Señor, consolaré a Sión; consolaré todos sus páramos. Haré de su desierto un paraíso, de su soledad un huerto mío, y en ella habrá gozo y alegría; alabanzas y voces de canto.» (Isaías 51:3). Esta promesa de ración de restauración trae esperanza a todos los que confían en el Señor.
Isaías se refiere al jardín del Edén, la obra de la perfecta creación de Dios. Así, aquel que está en presencia del Dios Altísimo vive en la semejanza de su creación perfecta. Pero quienes cuidan los jardines saben: no siempre es primavera, también hay épocas de sequía. Quizá estamos enfrentando aflicciones y viviendo en «tierra seca». Pero recordemos la mano del Señor: si estamos enraizados en Dios, en el amor de Jesucristo que dio su vida en nuestro lugar y por nuestra salvación, seremos cuidados, revividos y renovados en los «jardines de la vida» que alaban y dan gracias por las bendiciones de Dios.
Oremos: Amado Dios, transforma la «tierra seca» de las adversidades de esta vida en hermosos jardines. Que reconozcamos tu amor y te alabemos por tantas bendiciones en nuestras vidas. Por Jesucristo. Amén.
Autor: Sérgio Luiz Marlow
