
Lectura: «Pero ellos no lo reconocieron, y es que parecían tener vendados los ojos.» (Lucas 24:16)
Seguramente has oído la frase: «El peor ciego es la que no quiere ver». Nos hace pensar en situaciones en las que la verdad está delante de nosotros, pero simplemente no nos damos cuenta. Es como en la escena de la película Cars, cuando el personaje Tom Mater lamenta la partida de un amigo, sin darse cuenta de que estaba a su lado. Suena gracioso, pero a nosotros también nos pasa.
Los discípulos de Jesús experimentaron algo similar. El Domingo de la Resurrección, dos de ellos iban camino a Emaús. Hablaron sobre los acontecimientos de la crucifixión, el entierro apresurado y el extraordinario relato de las mujeres que vieron la tumba vacía. De repente, Jesús se acerca y camina con ellos. Sin embargo, algo les impedía reconocerle. ¿Qué habrá pasado? ¿No identificaron la cara? ¿Los gestos y la voz? ¿El caminar? El texto dice: «Pero ellos no lo reconocieron, y es que parecían tener vendados los ojos.» (Lucas 24:16). Pasó mucho tiempo antes de que finalmente «se les abrieran los ojos» y se dieran cuenta de que el Salvador estaba de su lado.
Esta transformación no ocurrió por casualidad. Fue una acción del Espíritu Santo, que abrió sus ojos y corazones para reconocer a Jesús. Lo mismo ocurre hoy todavía. El pecado nos ciega, haciendo que el plan de salvación parezca una locura. Pero Dios, en su gracia, nos da entendimiento a través de la predicación de la Palabra. Nos saca de la ceguera espiritual y nos guía hacia la vida y la salvación en Cristo.
Oremos: Señor Jesús, ayúdame a ver tu presencia en mi vida. Abre mis ojos para reconocer tu amor y tu gracia salvadora. Amén.
Autor: Jaques Cristiano Schlosser
