
Lectura: «Todo el pueblo respondió al unísono: «Haremos todo lo que el Señor ha dicho.»» (Éxodo 19:8)
En periodos electorales, es común escuchar muchas promesas. Algunas, hechas hace años, aún no se han cumplido. En la vida diaria, también escuchamos promesas como «Siempre estaré a tu lado» o «puedes contar conmigo». Desgraciadamente, estas palabras no siempre se cumplen. ¿Y qué pasa con las promesas que nosotros mismos hacemos? A menudo no las cumplimos, dejando claro que no podemos confiar ciegamente en las promesas humanas.
Dios hizo una promesa a los israelitas y se convirtieron en su pueblo elegido. Para ello, solo servirían al Señor. Escucharon las palabras del Altísimo y declararon unánimemente: «Haremos todo lo que el Señor ha dicho.» (Éxodo 19:8). Hicieron un acuerdo inquebrantable. Nada más podía salir mal. ¡Pero salió!
Aquel pueblo rompió el pacto varias veces. Una y otra vez, no cumplió lo que había prometido. Los israelitas sufrieron por ello. Por su misericordia, Dios tuvo que recordarles la promesa y rescatarlos muchas veces.
Por otro lado, la promesa del Señor no ha cambiado. Su plan estaba listo. En el momento predeterminado, Dios envió a su Hijo Jesús al mundo. Como ser humano, Jesús cumplió la ley e hizo todo lo necesario. Más que eso, asumió sobre sí mismo, en la cruz, la incapacidad humana para cumplir sus promesas. Jesús es el Mesías prometido, el Salvador, que nos concede perdón y reconciliación con Dios, cumpliendo plenamente las promesas del Padre.
Oremos: Señor, perdóname por no cumplir mis promesas. Ayúdame a hacer lo correcto. En el nombre de Jesús. Amén.
Autor: Juan Iurk Nogueira
