
Lectura: «Dichoso el hombre que confía en el Señor y no en gente soberbia y mentirosa.» (Salmo 40:4)
La vida es tensa en muchas cosas y en muchas áreas, ¿verdad? En la economía, en el trabajo, en los desafíos internos, en los planes personales, en la política. En algunas situaciones, podemos sentir como si estuviéramos atrapados en un lodazal o en el fondo de un pozo embarrado, incapaces de salir, por mucho que lo intentemos. Pero hay un lodazal aún más profundo y turbio: el pecado que hay en nosotros, que genera culpa. No hemos podido liberarnos con nuestros propios esfuerzos y méritos.
David pasó por tiempos de gran sufrimiento. Se enfrentó a problemas que afectaron su vida y su corazón. Pero David sabía que dependía de la bondad de Dios, que llegaría en el momento adecuado y de la manera que Dios juzgara mejor. Y así fue. Dios puso una nueva canción en su boca, reemplazando sus quejas por alabanzas alegres. David luego testificó sobre esto en la reunión con otros creyentes.
David confió y esperó en Dios y fue rescatado. Dios lo liberó y le salvó la vida. Entonces confesó: «Dichoso el hombre que confía en el Señor y no en gente soberbia y mentirosa.» (Salmo 40:4).
Por lo tanto, el secreto o la solución a la vida reside en Dios, en quien podemos confiar plenamente. Así, todo aquel que «confía en el Señor», es decir, en Cristo, es feliz. Mientras estemos en el mundo, pero no formemos parte de él, seguiremos viviendo en situaciones de lodazal y fondo barroso. Pero en Cristo, Dios nos acoge y nos ayuda, hasta el último momento, cuando estaremos con él para siempre. Así que, en los lodazales de la vida: ¡cálmate! ¡Dios tiene el control!
Oremos: Señor Dios todopoderoso, cálmanos. Ayúdanos a confiar en que tú tienes el control y que haces todo por nuestro bien. En Cristo. Amén.
Autor: Rudi Thoma
