
Lectura: «Ese hombre es como un árbol plantado junto a los arroyos: llegado el momento da su fruto, y sus hojas no se marchitan. ¡En todo lo que hace, prospera!» (Salmo 1:3)
Imagina la escena: un árbol frondoso junto a un arroyo… ¡Cuántas pinturas y paisajes se inspiraron en una imagen así! Esta escena nos recuerda la vida, la producción, la seguridad y la paz. Podemos añadir muchos otros adjetivos al visualizar una situación así.
Dios utiliza esta hermosa imagen para ilustrar la vida de quienes le son fieles. El salmista describe a las personas bienaventuradas como «árboles que crecen al borde de un arroyo; dan fruto en el momento adecuado y sus hojas no se marchitan.» E incluso añade el resultado de esta situación privilegiada: _»Ese hombre es como un árbol plantado junto a los arroyos: llegado el momento da su fruto, y sus hojas no se marchitan. ¡En todo lo que hace, prospera!» (Salmo 1:3).
Jesús también utiliza esta imagen al enseñar: «Del mismo modo, todo buen árbol da buenos frutos» (Mateo 7:17). Él refuerza: «Yo soy la vid y ustedes los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí ustedes nada pueden hacer.» (Juan 15:5). Esta unión con Jesús es el secreto de una vida que da frutos de amor, bondad y testimonio.
En los primeros tiempos del cristianismo, el contraste entre los paganos y los seguidores de Jesús era notable. Las actitudes de amor y cuidado de los cristianos impresionaron al mundo que les rodeaba. Muchos decían: «¡Mira cómo se aman unos a otros!» Pero es importante recordar que estos frutos no son el resultado del esfuerzo personal. Son reflejos del amor de Dios, que primero nos amó en Cristo Jesús. Por la fe, nos da nueva vida, haciéndonos personas felices y bienaventuradas, que caminan en sus caminos y reflejan su amor por el mundo.
Oremos: Ayúdame, Señor, a dar buen fruto y a reflejar tu amor a quienes me rodean. Perdóname cuando me desvío y tráeme devuelta al camino correcto. Por Jesús. Amén.
Autor: Carlos Walter Winterle
