
Lectura: «Pero yo estoy pobre y afligido; ¡ven pronto, oh Dios, en mi ayuda! Tu eres mi ayuda; ¡eres mi libertador! ¡No tardes, Señor!» (Salmo 70:5)
Una niña se perdió en un parque concurrido. Al mirar a su alrededor, no pudo encontrar a sus padres. El miedo se apoderó de su corazón y empezó a llorar. Desesperada, gritó: «¡Mamá! ¡Papá! ¿Dónde están?» En medio de esa multitud, sus padres oyeron el grito y corrieron hacia su voz. Cuando por fin la encontraron, la abrazaron con fuerza, consolándola: «Estamos aquí; ahora estás segura.»
Esta escena refleja el clamor de David en el Salmo 70. En medio de su sufrimiento, implora ayuda, igual que un niño llama a sus padres cuando tiene miedo. Escribió: «Pero yo estoy pobre y afligido; ¡ven pronto, oh Dios, en mi ayuda! Tu eres mi ayuda; ¡eres mi libertador! ¡No tardes, Señor!» (Salmo 70:5).
David sabía a quién clamar. Estaba seguro de que Dios estaba con él y era la fuente de todo auxilio en medio de la tribulación. Al mirar este salmo, debemos aprender de David a clamar al Señor en nuestros tiempos de dificultad. Dios siempre escucha nuestra oración y está dispuesto a actuar a nuestro favor. Nos ama tanto que envió a Jesucristo para salvarnos y perdonarnos de todos los pecados. Él es nuestra fuente de salvación y nuestro verdadero auxilio. Así como Dios entregó a Su propio Hijo por nosotros, seguramente escuchará nuestras oraciones y nunca nos abandonará.
Oremos: Querido Dios, escucha nuestras oraciones y ven a nuestro auxilio. Danos la fuerza para confiar en Ti, incluso en momentos de dificultades. Mantén la fe en nuestros corazones y ayúdanos a vivir con justicia y honestidad. En el nombre de Jesús. Amén.
Autor: Walduino Paulo Littig Junior
