
Lectura: «La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que las espadas de dos filos, pues penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.» (Hebreos 4:12)
Las palabras tienen poder. Ya sea para provocar una acción, un sentimiento o realizar una petición, nuestras palabras tienen poder. Las palabras buenas y amables tienen el poder de acercarnos, consolar y reconstruir. Las palabras dichas en momentos de ira y furia tienen el poder de herir, lastimar y destruir. La sabiduría es saber usar las palabras adecuadas en el momento adecuado.
Si nuestras palabras tienen este poder, ¿qué pasa entonces con la Palabra de Dios? Es extremadamente poderosa. Ella es viva y tiene el poder de crear, consolar, guiar y salvar. Veamos qué dice la propia Biblia sobre sí misma. Así está escrita: «La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que las espadas de dos filos, pues penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.» (Hebreos 4:12).
La Palabra del Señor es poderosa para entrar en el lugar más profundo de nuestro corazón. Allí habitan pecados secretos, culpa, secretos vergonzosos, tristezas no compartidas, lágrimas que nadie ha visto. Con su acción viviente, la Palabra rompe el orgullo, crea arrepentimiento, produce una sed de perdón y sacia esa sed con Jesús. Él es la fuente del perdón. Bajo este perdón pleno, la Palabra viviente del Dios vivo repara nuestro yo interior, enseñándonos a hablar, actuar y tomar decisiones según Su voluntad.
Tengamos tiempo para leer la Palabra. Solo en las Escrituras Dios habla a nuestros corazones. Y allí el Señor nos consuela, guía y mantiene creyendo en Jesús hasta el día de la salvación.
Oremos: Señor, enséñanos a tener tiempo para tu Palabra. Entra en lo más íntimo de mi corazón y arregla mi vida. En el nombre de Jesús. Amén.
Autor: Bruno A. Krüger Serves
