
Lectura: «Yo los llevaré a mi santo monte, para que se alegren en mi casa de oración..» (Isaías 56:7)
La oración es un regalo de Dios. Es la oportunidad que tenemos para acercarnos a él, hablar de nuestras alegrías, dolores y anhelos, y, sobre todo, adorarle. El teólogo Martín Lutero nos enseña: «La oración es ese culto divino en el que presentamos, con nuestros corazones y labios, todos nuestros deseos a Dios y le damos alabanza y gracias.» El salmista también expresa este deseo de agradar al Señor con sus palabras y pensamientos: «Tú, Señor, eres mi roca y mi redentor; ¡agrádate de mis palabras y de mis pensamientos!» (Salmo 19:14).
En el relato bíblico de Marcos 11:15-18, vemos a Jesús entrando en el Templo y expulsando a los mercaderes que habían convertido ese lugar sagrado en un mercado. Al hacerlo, reafirmó el verdadero propósito de la casa de Dios: ««¿Acaso no está escrito: “Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones”? ¡Pero ustedes han hecho de ella una cueva de ladrones!»» (Marcos 11:17). Tal como anunció el profeta Isaías: «Yo los llevaré a mi santo monte, para que se alegren en mi casa de oración. Sus holocaustos y sus sacrificios serán bien recibidos sobre mi altar, porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos.» (Isaías 56:7).
Jesús enseñó que el Templo era un lugar de encuentro con Dios, donde todos podían alabar, orar y vivir en comunión. Pero con su muerte y resurrección, abrió un nuevo camino: ahora, cualquiera puede acudir a Dios, independientemente de su origen o historia. El acceso al Padre está garantizado a través de Cristo. Dondequiera que estemos, podemos orar y confiar en que Dios nos escucha. Que esta certeza fortalezca nuestra fe y nos lleve a la comunión con Él.
Oremos: Bondadoso Padre, gracias porque podemos orar a ti, sabiendo que nos escuchas y nos respondes. En el nombre de Jesús, que nos ha dado acceso libre al Padre. Amén.
Autor: Robson Gautier Kaufmann
