
Lectura: «El mensaje de la cruz es ciertamente una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan, es decir, para nosotros, es poder de Dios.» (1 Corintios 1:18)
En 1857, arqueólogos desenterraron una casa en Roma que perteneció al emperador Calígula. Lo que la hizo famosa, sin embargo, no fue su grandeza, sino un grafiti encontrado en una de sus paredes. La imagen mostraba a un joven llamado Alexamenos, admirando una figura crucificada con cabeza de burro, acompañado de la frase: «Alexamenos adora a su Dios.» Esta caricatura revelaba cómo la cruz de Cristo era vista como una broma. Para muchos, la religión que invitaba a creer, adorar y seguir a un Dios crucificado era ridícula.
Desde los tiempos del apóstol Pablo, para muchos la cruz de Cristo ha sido vista como una locura. Para los judíos, que esperaban un poderoso Mesías, un Salvador crucificado era inconcebible. Para los griegos, que valoraban teorías inverosímiles, el mensaje de la cruz parecía absurdo. Este rechazo refleja la fragilidad de la sabiduría humana, incapaces de resolver nuestros problemas espirituales por nuestros propios medios.
Pero la cruz es la verdadera sabiduría de Dios. La muerte de Jesús es el único camino hacia la salvación, y cuando lo reconocemos, como Alexamenos, encontramos verdadera paz y alegría en el Dios que se entregó por nosotros. Esta comprensión no viene de nosotros, sino de la presencia de Dios, que nos revela la verdad a través del Espíritu Santo. Solo a través de su poder podemos ver la cruz no como locura, sino como una sabiduría profunda.
Oremos: Señor Jesús, ayúdame a ver la belleza y sabiduría de tu cruz. Que pueda abrazarla como mi mayor tesoro y vivir en gratitud y adoración por tu sacrificio. En tu nombre. Amén.
Autor: Laerte Tardelli Voss
