
Lectura: «Los que confían en el Señor son semejantes al monte Sión, que jamás se mueve, que siempre está en su lugar.» (Salmo 125:1)
La Biblia nos trae muchas invitaciones especiales, y todas vienen del Señor Dios. Una de estas invitaciones está en el Salmo 125, que nos llama a confiar en el Señor y nos revela el resultado de esta confianza: ser como «Los que confían en el Señor son semejantes al monte Sión, que jamás se mueve, que siempre está en su lugar.» (Salmo 125:1).
Sin embargo, a veces estas palabras no parecen encajar con nuestras experiencias vitales. Hay momentos en los que nos sentimos como hojas frágiles arrastradas por el viento, nada que ver con la firmeza del Monte Sion. Ante esto, surge la pregunta: ¿es la invitación del Salmo 125 también para nosotros?
¡La respuesta es sí! Lo descubrimos cuando miramos a quien nos invita, y no a lo que sentimos y percibimos en nosotros mismos. La confianza en el Señor no nace de nuestra propia fuerza, sino que es un regalo dado y mantenido por Dios. Confiar es esperar en la acción divina, una esperanza que Dios mismo crea y sostiene en nosotros. De esta verdad concluimos que no puede ser demasiado incluir en nuestra oración diaria la petición de los discípulos a Jesús: «Auméntanos la fe.» (Lucas 17:5). Reconocieron que solo el Maestro tenía el poder de fortalecer su confianza en él. Con nosotros, no es diferente.
Si aún hay alguna duda sobre la acción de Dios en la vida de quienes confían en él, desaparece cuando recordamos que Dios, en la persona de su Hijo Jesús, vino al mundo para salvarnos de la justa condena que merecemos por nuestros pecados. No se necesita ninguna garantía extra para tranquilizarnos y esperar el cuidado que viene del Señor. Siempre estaremos apoyados por él.
Oremos: ¡Señor, Dios misericordioso, aumenta nuestra fe! Amén.
Autor: Paulo Moisés Nerbas
