
Lectura: «Miren cuánto nos ama el Padre, que nos ha concedido ser llamados hijos de Dios. Y lo somos. El mundo no nos conoce, porque no lo conoció a él.» (1 Juan 3:1)
Ser llamado hijo de Dios es una verdad que define nuestra identidad. En la primera carta del apóstol Juan, recordamos la inmensidad del amor de Dios, que nos da una nueva identidad: no solo criaturas, sino sus propios hijos. Esta filiación no es solo un título, sino una realidad vivida en la relación con Dios, marcada por el amor, la gracia y la pertenencia. Esto es lo que dice la Palabra del Señor: «Miren cuánto nos ama el Padre, que nos ha concedido ser llamados hijos de Dios. Y lo somos. El mundo no nos conoce, porque no lo conoció a él.» (1 Juan 3:1).
Sin embargo, esta verdad no siempre es comprendida por el mundo, que a menudo rechaza lo que no conoce. Así como Jesús fue rechazado, quienes le siguen también enfrentan malentendidos y desafíos. Aun así, ser hijos de Dios nos da la seguridad de que pertenecemos a algo más grande: la familia eterna del Padre celestial.
Somos hijos del Señor por medio de Jesús. En el bautismo, el Espíritu Santo nos concedió fe, transformándonos de enemigos en amigos de Dios. El apóstol Pablo dice: «Porque los hijos de Dios son todos aquellos que son guiados por el Espíritu de Dios.» (Romanos 8:14). También declara: «Y si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.» (Romanos 8:17). Estas palabras nos revelan la inmensidad del amor de Dios y el privilegio de formar parte de su familia.
Oremos: Amado Padre, te damos gracias por tu amor que nos convierte en tus hijos. Ayúdanos a vivir con alegría, incluso ante los rechazos del mundo. En el nombre de Jesús. Amén.
Autor: Leonidio Schulz Görl
