
Lectura: «Porque a su debido tiempo, cuando aún éramos débiles, Cristo murió por los pecadores.» (Romanos 5:6)
Vivimos en tiempos en los que la gente parece sentarse a la mesa con armas en lugar de cubiertos. Las palabras se han convertido en munición y los gestos en escudos. La lógica actual es clara: «Nosotros» contra «ellos», «buenos» contra «malos». Los puros por un lado, los perdidos por el otro. Cada uno con su propia justicia – bien pulida, bien justificada.
Pero entonces llega el escándalo de la cruz. La frase del apóstol Pablo parece un dron enemigo que nos ataca por sorpresa: «Porque a su debido tiempo, cuando aún éramos débiles, Cristo murió por los pecadores.» (Romanos 5:6). Mira esto: por los pecadores. No solo para los correctos y coherentes. No solo por parte de quienes piensan como yo.
Cristo murió por aquellos que no tenían fuerza, ni mérito, ni argumento. Murió por mí. Murió por ti. También murió por quienes te hicieron daño, por quienes piensan diferente. Por pura gracia. ¡Qué situación tan difícil de entender!
El apóstol Pablo dice que el pecado nos une como hijos de Adán, pero la cruz de Cristo nos une como hijos de Dios. De este modo, la cruz desmonta la polarización. No porque elimine las diferencias, sino porque nos recuerda que la peor separación, – la que hay entre Dios y nosotros, – ya ha sido superada. Y si el cielo se ha abierto para mí, ¿cómo puedo cerrarlo para otro?
Creer en Jesús requiere una actitud extraña: el coraje de amar al enemigo, de orar por quienes nos persiguen. Este es el escándalo y la belleza de la gracia de Dios: Jesús murió por todos. Incluso para personas por las que no podríamos soportar morir.
Oremos: Señor Jesús, tu cruz derribó los muros que nos separaban de Dios Padre. Te pido que derribes los muros entre los demás y yo. Dame un corazón moldeado por tu gracia, capaz de amar a mis enemigos. En tu nombre. Amén.
Autor: Mário Rafael Yudi Fukue
