
Lectura: «Y así, se levantó y regresó con su padre. Todavía estaba lejos cuando su padre lo vio y tuvo compasión de él. Corrió entonces, se echó sobre su cuello, y lo besó.» (Lucas 15:20)
Hoy celebramos el Día del Abrazo. Esta fecha surgió porque una persona que enfrentaba problemas en la vida sentía la necesidad de un abrazo. Según la ciencia, abrazar tiene muchos beneficios para la salud, como la liberación de hormonas que generan el bienestar.
Jesús contó la historia de un hijo que decidió dejar su hogar, alejándose de su padre. Después de gastar todo lo que tenía, reconoció sus errores, se arrepintió y decidió regresar. A su regreso, fue recibido de manera extraordinaria: el padre, «con gran compasión por su hijo, corrió, le abrazó y le besó» (Lucas 15:20). Sin duda, fue un abrazo fuerte, lleno de amor y perdón.
Esta historia nos enseña que, en tiempos difíciles, un abrazo puede marcar la diferencia. Pero va más allá: muestra cómo el pecado ha desfigurado la creación de Dios y nos ha distanciado de ella. Incapaces de acercarnos a Dios por nuestra cuenta, es Él quien viene a recibirnos, con gracia, con un abrazo de amor.
Dios es el Padre que corre a recibirnos y perdonarnos. Su abrazo, a través de Jesús, nos trae esperanza para la vida eterna. Y este abrazo no es simbólico ni lejano; en la persona de Jesús, el es real. Por lo tanto, nunca estaremos necesitados de los abrazos de Dios, porque Jesús está con nosotros cada día, como él mismo prometió. Creamos que, a través de Jesús, estamos cerca del Padre, tan cerca, que somos abrazados por el Padre que nos espera cada día con los brazos abiertos para abrazarnos.
Oremos: Señor Jesús, gracias por el abrazo de perdón que nos ofreces cada día. Perdónanos cuando nos alejamos de ti a causa de nuestros pecados. Enséñanos a compartir el abrazo de tu amor con los demás. En tu nombre. Amén.
Autor: Iderval Strelhow
