
Lectura: «Una mujer de Samaria vino a sacar agua, y Jesús le dijo: «Dame de beber.»» (Juan 4:7)
Algunos encuentros son inolvidables. Otros, sin embargo, frustrantes. Lo que define la calidad de un encuentro es con quién y para qué nos reunimos. No queremos que las reuniones terminen en pelea. Al contrario, queremos que sean fructíferos, dejando un deseo de reencuentro. Nos reunimos para compartir alegrías, aliviar las penas, pedir y ofrecer perdón, y también para redescubrir el sentido de la vida.
Todo esto le ocurrió a la samaritana que Jesús conoció en el pozo de Jacob en Samaria. Ella había experimentado muchos encuentros y desacuerdos, pero aún no había encontrado el verdadero sentido de vivir. Su búsqueda solo terminó cuando Jesús la encontró. Cuando la mujer llegó a buscar agua, Jesús le habló, superando la rivalidad entre judíos y samaritanos, y le pidió: «Dame de beber.»» (Juan 4:7).
La petición de Jesús fue una invitación al diálogo. Él tenía sed, pero la mujer tenía mucha sed. En la conversación, quedó claro que Jesús querría reunirse con ella para ofrecerle perdón y nueva vida. La mujer se dio cuenta de que ese encuentro había transformado su vida. Ella estaba delante del Mesías, el Salvador. Jesús no la condenó como lo hizo la sociedad. La recibió con compasión y la salvó. La mujer samaritana nunca habría hablado con Jesús por sí sola. Fue Jesús quien tomó la iniciativa. Y así es con nosotros: no somos nosotros quienes encontramos a Jesús, sino que él nos encuentra en sus conversaciones con nosotros en su Palabra.
Oremos: Señor Jesús, gracias por encontrarnos. Conversa con nosotros y danos una vida con sentido gracias a tu perdón. En tu nombre oramos. Amén.
Autor: Iderval Strelhow
