
Lectura: «Entonces los doce convocaron a todos los discípulos y les dijeron: «No está bien que desatendamos la proclamación de la palabra de Dios por atender a las mesas.»» (Hechos 6:2)
Hoy en día, se valoran los profesionales capaces de desempeñar diversas funciones. ¿Y qué pasa con quienes, al asumir tantas responsabilidades, acaban descuidando su tarea principal? Algo similar ocurrió en la primera iglesia de Jerusalén, donde los apóstoles enfrentaron dificultades administrativas: algunas viudas estaban siendo olvidadas en la distribución de ayuda.
No fue una cuestión de mala fe, sino del exceso de funciones atribuidas a los apóstoles, que comprometían la predicación de la Palabra y la oración. Ellos mismos señalaron el problema: «Entonces los doce convocaron a todos los discípulos y les dijeron: «No está bien que desatendamos la proclamación de la palabra de Dios por atender a las mesas.»» (Hechos 6:2).
La solución fue sabia: nombrar a las personas fieles a Dios y presentarlas oficialmente a la iglesia. Así, surgió la posibilidad de un modelo para que la organización funcionara bien: la distribución de tareas. Para dar oportunidades a más personas de ayudar según sus dones y habilidades.
En las iglesias actuales vemos algo similar: los pastores se dedican a enseñar y predicar la Palabra, mientras que otros asumen responsabilidades administrativas y prácticas. Este equilibrio refleja la enseñanza de que Dios otorga diferentes dones a cada uno para el beneficio de toda la iglesia.
Cuando cada uno usa sus dones según la voluntad de Dios, la obra en el Reino avanza y se proclama el evangelio de Jesucristo, como ocurría en la iglesia primitiva: «Conforme crecía el conocimiento de la palabra del Señor, se multiplicaba también el número de los discípulos en Jerusalén, y aun muchos de los sacerdotes llegaron a creer.» (Hechos 6:7).
Oremos: Querido Dios, ayúdanos a reconocer los dones que nos has dado y a usarlos para tu obra del Reino. Por Jesús. Amén.
Autor: Flávio Luis Hörlle
