
Lectura: ««Señor, ¡ya no puedo más! ¡Quítame la vida, pues no soy mejor que mis antepasados»» (1 Reyes 19:4)
Una tristeza demasiado grande puede manifestarse en una enfermedad o en el deseo de no seguir viviendo. Elias pasó por esto. El profeta, temiendo las amenazas de la reina Jezabel, huyó al desierto. Su aislamiento agravaba el problema. Con una visión distorsionada de la realidad, sintiéndose un fracaso, Elias pidió: ««Señor, ¡ya no puedo más! ¡Quítame la vida, pues no soy mejor que mis antepasados»» (1 Reyes 19:4). Aunque había sido testigo del poder de Dios, Elías solo se centraba en las dificultades.
Pero Dios fue hasta Elías a través de un ángel. ¡Qué maravilloso saber que Dios también viene a nuestro encuentro, especialmente en nuestros momentos de debilidad! Así como él cuidaba del profeta, se preocupa por nosotros.
La terapia divina de Elías comenzó con lo básico: descanso, comida e hidratación. Cuando el alma está herida, es esencial empezar cuidando el cuerpo. Luego sacar toda la tristeza y frustración. Es bueno compartir lo que duele con alguien, y aún mejor con Dios mismo. En la tercera etapa, Dios le recuerda a Elías que Él tenía el control: había preservado a siete mil personas fieles. Esto alivió el corazón del profeta, permitiéndole descansar en el poder y gracia divinos.
Dios también nos providencia un cuidado maravilloso. A través de los profesionales de la salud, cuida de nuestro físico y emocional. Y también cuida de nuestras almas, a través de Jesús. Así como Dios le mostró a Elías que él tenía el control, Jesús nos recuerda que a través de su muerte y resurrección podemos descansar en la seguridad de su cuidado.
Oremos: Querido Dios, ayúdanos a descansar en tu gracia y confiar en tu poder, especialmente en días de desánimo. En el nombre de Jesús. Amén.
Autor: Flávio Luis Hörlle
