
Lectura: «Por tanto, no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.» (Romanos 8:1)
Pocas cosas son tan difíciles de superar como el sentimiento de culpa. Puede que ya hayas recibido el perdón de otros, pero permanece remoliendo el pasado. Esto ocurre cuando tenemos una percepción muy fuerte del mal que hemos hecho o del bien que no hemos logrado. El pecado se convierte en una herida en el corazón, difícil de borrar.
Para estas situaciones, debemos recordar el gran amor de Dios y la magnitud de la obra realizada a través de Jesús. En Romanos 8, versículo 1, el apóstol Pablo afirma: «Por tanto, no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.» En la continuidad del texto, refuerza que Dios envió a su Hijo para asumir nuestros pecados y darnos una paz que no pudimos alcanzar de ninguna manera. La inclinación al pecado nos mortifica con culpa, pero en el Espíritu de Dios hay vida y paz eternas.
No se trata de intentar compensar nuestros pecados con buenas acciones o reparaciones. Si es posible arreglar algo que hemos hecho, ¡genial! Pero la paz que necesitamos no proviene de lo que podemos lograr, sino de lo que Jesús ya ha hecho por nosotros. Su amor cubre multitud de pecados, alivia conciencias cargadas y purifica vidas manchadas.
Ante la culpa o el remordimiento que corroe, no te mires solo a ti mismo ni te preocupes demasiado por cómo te miran los demás. Vuelve a Jesús y confía en su amor, realizado en la cruz. En él, todo está consumado, todo está pagado, y ya no hay más sombra de condenación.
Oremos: Gracias, buen Dios, por el amor de Jesús que a veces ni siquiera consigo entender. Ayúdame a recibir la paz que solo en este amor puedo encontrar. Amén.
Autor: Herivelton Regiani
