
Lectura: «Porque la promesa dada a Abrahán y a su descendencia en cuanto a que recibiría el mundo como herencia, no le fue dada por la ley sino por la justicia que se basa en la fe.» (Romanos 4:13)
En el Antiguo Testamento, Dios eligió a Abraham para ser el padre de una gran nación, su pueblo. Abraham tenía muchas razones para dudar de esta promesa. Ya era viejo, su esposa, Sarah, era estéril, y pasaron los años sin que vieran el cumplimiento de lo que Dios había dicho.
Entonces Dios fue a encontrarse con Abraham y renovó su promesa, asegurándole que los descendientes de Abraham serían incontables, como las estrellas del cielo y la arena del mar. Dios cumplió su palabra, no por la obediencia o los méritos de Abraham, sino porque Abraham creía en Dios y fue aceptado por Él (Romanos 4:13)
Esa es la buena noticia para nosotros. Dios es fiel en el cumplimiento de sus promesas. Envió a su Hijo, Jesucristo, al mundo para morir en la cruz por nuestros pecados. Jesús murió y resucitó para que pudiéramos tener la seguridad de la vida eterna. Recibimos estas bendiciones no porque guardemos la ley de Dios ni porque nuestras vidas sean piadosas y estén llenas de buenas obras. Dios cumple sus promesas porque nos acepta, perdona nuestros pecados y nos da su gracia a través de la fe. Abraham no tenía nada que presentar, vino a Dios con las manos vacías. Pero él creía y confiaba en él.
Creer en Dios y en sus promesas nos transforma. Además de la paz del perdón de los pecados, tenemos la seguridad de su presencia constante, especialmente en tiempos de dolor, adversidad e incertidumbre. No merecemos nada de esto, pero nuestro Dios es fiel. Fue fiel a Abraham y es fiel a ti y a mí.
Oremos: Señor Dios, gracias porque nos aceptas como hijos y por ser fiel en cumplir tus promesas. Fortalece nuestra fe, ayúdanos en la aflicción y danos corazones agradecidos. En el nombre de Jesús. Amén.
Autor: Jonas Roberto Flor
