
Lectura: «¡Pues yo les digo que no! Y si ustedes no se arrepienten, también morirán como ellos.» (Lucas 13:3)
Cada vez que escuchamos noticias de crímenes y tragedias, surgen preguntas sobre por qué ocurren estas situaciones. Sin embargo, seguir este camino de reflexión a menudo nos lleva a un ciclo sin respuestas. En la época de Jesús, también ocurrieron cosas así. Por ello, algunas personas han comentado un crimen cometido por Pilato, que mandó matar a varios galileos, y sobre una torre que cayó y mató a dieciocho personas en la ciudad de Siloé.
Es importante recordar que las muertes trágicas nunca son una forma de pagar por los pecados cometidos en vida. Jesús es claro al afirmar que hay algo mucho peor que morir en un crimen o tragedia: «¡Pues yo les digo que no! Y si ustedes no se arrepienten, también morirán como ellos.» (Lucas 13:3).
Cuando Jesús habla del peligro de la muerte sin arrepentimiento, no se refiere solo a la muerte del cuerpo, sino a la separación eterna de Dios. El pecado puede alejar a un ser humano para siempre de la presencia del Señor.
Para librarnos de esta terrible tragedia, Jesucristo vino al mundo. Solo él vivió sin pecado, y por eso pudo asumir la culpa por todos nosotros para liberarnos y salvarnos. Por eso, arrepentirse es elegir la vida verdadera. Cuando confesamos nuestros pecados a Dios, tenemos la seguridad de que la sangre de Jesús nos limpia y nos purifica de todo pecado.
Oremos: Dios mío, ten piedad de mí. Perdona todos los pecados que he cometido contra ti y contra mi prójimo. Quiero vivir contigo para siempre. Amén.
Autor: Erno Kufeld
