
Lectura: «Mientras callé, mis huesos envejecieron, pues todo el día me quejaba.» (Salmo 32:3)
El mundo rechaza la idea del pecado y dice que todo está bien. Satanás dice: «Está bien si te hace feliz.» Y el mundo sufre con el pecado, pensando que la felicidad reside en todo tipo de drogas y en la creación de diversos «géneros». Y finalmente, hay una persona triste, sin esperanza y perdida.
¡En la juventud, todo es una fiesta! Pero la vida se impone y con ella viene la fuerza de la realidad que no está «ni ahí» por tu opinión. La realidad desnuda se presenta y vemos mujeres y hombres tristes, con vidas destrozadas, matrimonios rotos, hijos abandonados o descuidados por sus padres. Hay casas que nunca han sido hogares, solo edificios que albergaban personas.
La correría de esta vida cesa algún momento, ya sea por la vejez o por enfermedad. Enfrentarse a la realidad es difícil, darse cuenta de que toda esa alegría estaba vacía. Quizá ya lo estés sintiendo ahora mismo, pensando: «Se acabó para mí, mis amigos me han abandonado. El mal que he cometido me ha alejado de mi familia, y mi pecado es imperdonable.» El rey David se sentía así y declaró: «Mientras callé, mis huesos envejecieron, pues todo el día me quejaba.» (Salmo 32:3). Si estás así, debes saber que hay una salida: Jesús. Así que, confiesa tus pecados a Dios. Si necesitas hablar con alguien, busca un pastor que le escuche y te anuncie el perdón de Cristo.
Jesús es la cura para los que están hecho pedazos. El Salvador es lleno de gracia y no rechaza a nadie. A partir del amor y el perdón de Jesús, también recibirás la fuerza para pedir perdón a las personas a las que has herido.
Oremos: Señor misericordioso, te necesito. Perdona mis pecados y bendice a todos contra quienes he pecado. Por Jesús. Amén.
Autor: Jarbas Hoffiman
