
Lectura: «El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz; sí, la luz resplandeció para los que vivían en un país de sombras de muerte.» (Isaías 9:2)
La luz es necesaria para la vida. Intentar sobrevivir en la oscuridad es un gran desafío. En el relato del libro del Génesis, Dios dice: «¡Que haya luz!» Y hubo luz» (Génesis 1:3). Cuando Dios hace algo nuevo, siempre evoca luz.
El sol brillando en nuestros rostros es un regalo de Dios, un recordatorio de que la luz es esencial y está más allá de nuestro control. Sin embargo, desde la caída en el pecado, hemos estado corriendo hacia la oscuridad, buscando ocultar nuestros errores en lugares oscuros y ocultos.
Pero, a causa de Cristo, ya no necesitamos correr hacia la oscuridad. La luz descrita en Isaías capítulo 9 no es una linterna que se enciende instantáneamente, sino el suave y paciente amanecer de Dios. Él trae luz a la oscuridad de nuestras vidas, revelando el pecado y rescatándonos con ternura y amor. «El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz; sí, la luz resplandeció para los que vivían en un país de sombras de muerte.» (Isaías 9:2).
Vivimos en un mundo que valora los resultados inmediatos, pero servimos al Dios que hace salir el sol. Se encarnó como un niño llamado Jesús, la luz que disipa la oscuridad. Jesús no vino solo para mostrarnos el camino o ofrecer consejos prácticos. Vino a resolver el problema fundamental: el pecado y su consecuencia, la muerte.
¡Jesús es la luz que brilla en la oscuridad! En los días oscuros de este nuevo año, recuerda: así como la luz es esencial para la vida, Jesús es esencial para nuestra existencia.
Oremos: Amado Dios, caminamos en la oscuridad de nuestro pecado. Gracias por haber enviado a Jesús, la luz que nos salva. Siempre nos mantiene en esa luz. Amén.
Autor: Leandro Born
