
𝐋𝐞𝐜𝐭𝐮𝐫𝐚: «Dichoso aquel cuyo pecado es perdonado, y cuya maldad queda absuelta» (Salmos 32:1)
Es una experiencia maravillosa sentir la alegría de recibir un regalo, así como es gratificante poder hacer un regalo a alguien que amamos. En el Salmo 32, se nos lleva a comprender la profunda experiencia del salmista de recibir un regalo único. Sin embargo, este regalo no era un objeto material, sino el perdón divino. El salmista relata cómo estaba sufriendo intensamente a causa de sus pecados, hasta el punto de sentirse viejo y abatido mientras los mantenía ocultos.
Sin embargo, al confesar sinceramente sus pecados y buscar la misericordia de Dios, el salmista experimentó la gracia del perdón. Él expresa su gozo al declarar: «Dichoso aquél cuyo pecado es perdonado, y cuya maldad queda absuelta. Dichoso aquél a quien el Señor ya no acusa de impiedad, y en el que no hay engaño! (Salmos 32:1-2).
El texto también nos recuerda que el pecado inevitablemente trae consecuencias y nos aleja de la presencia de Dios. Sin embargo, es precisamente en estos momentos de arrepentimiento y confesión que experimentamos la profundidad del amor y el perdón de Dios, que nos ha sido concedido a través del sacrificio de Jesús.
Finalmente, esta es la razón por la que el salmista concluye diciendo: _»Ustedes, los hombres justos, ¡alégrense y regocíjense en el Señor! Y ustedes, los de recto corazón, ¡canten todos llenos de alegría!»_ (Salmo 32:11), porque tenemos la promesa consoladora de que «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9).
𝐎𝐫𝐞𝐦𝐨𝐬: Señor Dios y Padre, nos regocijamos en tu amor y perdón de tal manera que no conseguimos expresar. Capacítanos para testificar de este regalo tan especial. En Cristo. Amén.
Autor: Elton Rost