
Lectura: «¡El Señor es bueno! ¡Su misericordia es eterna! ¡Su verdad permanece para siempre!» (Salmo 100:5)
¿Alguna vez te has parado a pensar que quien eres hoy es diferente de lo que eras hace cinco o diez años? Tu gusto musical, tus amistades y otras cosas pueden haber cambiado. Quizá creías que algo era muy importante, pero con el tiempo perdió su valor. Quizá tenías una forma de pensar, pero se volvió poco interesante. Esto es natural, teniendo en cuenta que hoy en día tienes nueva información y una nueva forma de ver el mundo. De este modo, se puede decir que el ser humano está en constante cambio.
Sin embargo, hay una cosa en la vida que no cambia. Al menos no ha cambiado desde la caída en el pecado. Lo que continúa de la misma manera es la maldad humana. La gente hoy tiene los mismos deseos y actos malignos que en tiempos de Abraham, Moisés o los apóstoles. La diferencia es que las innovaciones tecnológicas han traído cambios en la forma en que se practica el mal.
La buena noticia es que, a pesar de las actitudes humanas, Dios sigue siendo fiel y su amor es inconmensurable. Está escrito: «¡El Señor es bueno! ¡Su misericordia es eterna! ¡Su verdad permanece para siempre!» (Salmo 100:5). Lo que determina la acción de Dios es quién es Él por esencia. Independientemente del ser humano y de su mala conducta, Dios lleva a cabo su plan de salvación. Dios cumplió su promesa de salvarnos enviando a Jesús, quien reveló su amor en la cruz.
Espera en el Señor. Alabadle, porque él te ama y es fiel. El Señor quiere transformar tu vida y hacer que tus acciones diarias sean una respuesta a su amor inmutable.
Oremos: Señor, perdóname por mi mala conducta, gracias por tu amor y fidelidad. Haz que te alabe de por vida. En el nombre de Jesús. Amén.
Autor: Juan Iurk Nogueira
